Por Redacción - 22 Junio 2020

La última vez que me suscribí a un medio online el proceso incluyó como un bonus de valor añadido, un elemento que dejaba claro que estaba pagando por algo de calidad superior, el poder acceder a una amplia variedad de newsletters.

La lista era muy amplia y las newsletter muy especializadas. No solo podía darme de alta a los clásicos resúmenes de las noticias del día, sino también a verticales ultra específicos de noticias de nichos que me pudiesen interesar. Había desde el boletín de libros hasta el de crucigramas. Por supuesto, y más viéndolo como un bonus que me parecían estar regalando, me suscribí a unas cuantas y, aunque reconozco que no siempre las abro todas y que muchas de ellas se van directamente a la papelera de reciclaje, sí sigo queriendo poder abrir y leer todo lo que ese periódico online me manda.

La experiencia no es única y, en realidad, mi reacción ante la lista de newsletter es de lo más mainstream. Los medios empezaron a recuperar hace unos años los envíos de emails para frenar el golpe que estaban viviendo con la caída de tráfico en las redes sociales. El síguenos en Facebook recurrente se había eclipsado: entonces empezaban a pedirte que te dieses de alta en su boletín.

Y a los medios les siguieron los influencers y hasta los periodistas con marcas personales muy claras. Como me explicaba hace unas semanas una internauta que está suscrita a varias de esas últimas newsletters, todo el mundo que es "alguien" tiene un boletín.

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