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Cuando hace unos años aparecía a circular el término big data, a los periodistas nos invitaban a ruedas de prensa y a eventos en los que se presentaban las grandes ventajas de esta tecnología. El big data estaba empezando a estar de moda y comenzaba su conquista del mercado. De pronto estaba en todas las conferencias, en todos los eventos tech y en prácticamente todo. De ahí saltó un día a la prensa generalista y a los reportajes que intentaban conectar con el público no especializado. El big data había ya entrado en el discurso general y se había convertido en un elemento de moda, en una cuestión destacada para señalar aquellas cosas que marcaban el camino hacia el éxito.

Pero, por supuesto, pasado el primer esplendor y los primeros puntos del big data como elemento casi mágico y milagroso que lo iba a solucionar todo se entró en la fase en la que al big data se le buscaba la cara menos glamurosa. Fue el momento en el que se empezó a leer, por así decirlo, la letra pequeña.

El big data empezó a puntualizarse. No era una varita mágica que lo iba a arreglar todo, sino más bien una herramienta que permitía ayudar a ser mejores y a solventar esos problemas si se sabía jugar con ella. A eso se sumaba que los propios consumidores y los organismos relacionados con la protección de datos se iban convirtiendo en cada vez más críticos con el big data y con, sobre todo, lo que esto suponía para las empresas.

Y ahora, años más tarde de aquel comienzo glamuroso, ¿habrá llegado el momento en el que el big data se ha convertido en un activo tóxico? Nadie niega la importancia del big data y el uso que para las empresas puede suponer, pero ¿están empezando a no querer tener un término que empieza a tener complicadas connotaciones?

Como explican en Quartz, el big data fue en su momento el amor de Silicon Valley. Ahora se ha convertido en el paria.

De pronto, nadie es de esas

Esto no quiere decir que se vaya a dejar de usar los datos y que se vaya a renunciar a su potencial, pero sí que las empresas empiezan a intentar presentarlos de un modo un tanto más camuflado o amable. Google y Twitter, recuerdan en el medio estadounidense, han minimizado en sus últimas presentaciones de resultados sus negocios de datos.

Tanto es así que el CEO de la la primera compañía, Sundar Pichai, llegó a decir que lo más importante de su negocio de publicidad es la búsqueda y que ahí se basan en "información muy limitada", como pueden ser las keywords. Twitter, por su parte, ha insistido en que usan datos que están públicos, lo que les hace diferentes.

No fueron las únicas. Netflix ha señalado que ahora son una empresa más de media que de tecnología pura y Apple, que aún no ha presentado resultados, también se ha distanciado en una entrevista de los problemas de Facebook diciendo que ellos no estarían en la misma situación que la red social con el escándalo de Cambridge Analytics.

Todas están intentando separarse de la cuestión y posicionarse como si 'el problema de los datos', tras el escándalo de Facebook, no fuese algo que les tocase de ninguna manera.

La cuestión es por tanto más cosmética que otra cosa. Al fin y al cabo, si se analiza de forma objetiva lo que todas estas compañías hacen, todas emplean datos y todas están ligadas a la información de una manera o de otra en su día a día y en sus decisiones. Lo que intentan hacer es mostrarse bajo una luz distinta y si eso supone echar a los lobos al big data concepto parece que poco importa tener que hacerlo.