
Por Redacción - 29 Septiembre 2014
Para muchos, la campaña de Navidad es algo que queda muy lejos. Al fin y al cabo, el otoño acaba de empezar hace más o menos una semana. Para algunos incluso sigue haciendo un buen tiempo digno del final del verano y hay quien aún está yendo a la playa. Pero pronto aparecerán los turrones en las tiendas de alimentación, no mucho después los escaparates se llenarán de escaparates y de espumillón y aparecerán las primeras ofertas para hacerse con los mejores regalos. Los anuncios de perfumes llenarán las pausas publicitarias de televisión y en todas partes surgirán los catálogos de juguetes. Y lo cierto es que ni será tan raro, ni será tan errado, porque la campaña de Navidad no puede empezar a trabajarse en diciembre.
Las empresas ya están empezando a planear sus líneas de actuación. Así, muchas ya saben que estas Navidades gastarán más en social media y por dónde van a tirar en materia de esfuerzos (y por desgracia para ellas el mcommerce no está bien situado en esa línea de prioridades). Los consumidores están además receptivos a la información sobre las Navidades desde prácticamente ya mismo: un estudio de Bain & Company demostró que los consumidores tienen muy pocos sentimientos negativos ante los anuncios navideños que empiezan temprano (de hecho, un tercio asegura que los pone de buen humor) y otro de la National Retail Federation concluyó que los estadounidenses empiezan sus compras de Navidad antes incluso de Halloween (o Todos los Santos si nos quedamos con las tradiciones de este lado del charco).
De hecho, los anuncios de temática navideños suelen empezar (aunque año tras año los consumidores parecen olvidarlo y siempre comentan que llegan antes de tiempo) por esta época: históricamente, el comienzo del otoño ha sido también el comienzo de las campañas de publicidad para preparar la Navidad, como recuerdan en The Atlantic.
Pero ¿por qué hay que empezar a vender para Navidad cuando aún no se han casi guardado las chanclas de la playa? La época es una de las principales en ventas. Lo es en anuncios: las empresas gastan cantidades ingentes de dinero (muy por encima de lo que gastan el resto del año) para ser quienes mejor posicionados estén y a quienes recuerden por encima de todas las cosas los consumidores. La campaña de Navidad supone un porcentaje elevadísimo del consumo anual y dejar pasar esta oportunidad es prácticamente un suicidio.
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