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El proyecto Brand Spirit con el que Andrew Miller demostró el poder del diseño en los productos icónicos

Por Redacción - 31 Enero 2025

En un mundo donde el marketing y la publicidad han convertido el reconocimiento de marca en un pilar fundamental del consumo, el diseñador Andrew Miller, que actualmente ocupa el cargo de Chief Growth Officer en Interbrand, desarrolló em 1012 un experimento visual que desafió la dependencia de los logotipos y colores corporativos en la identidad de los productos.

La iniciativa consistió en fotografiar 100 objetos icónicos durante 100 días consecutivos, cubriéndolos completamente de blanco para eliminar cualquier elemento de branding y demostrar el poder del diseño de producto en la identidad visual de una marca.

Su proyecto, denominado Brand Spirit, consistió en tomar objetos de uso cotidiano y despojarlos de cualquier elemento gráfico distintivo, cubriéndolos completamente de blanco. A través de esta intervención artística, Miller reveló una verdad innegable: algunos productos son tan icónicos en su forma y diseño que siguen siendo instantáneamente reconocibles incluso cuando se elimina cualquier referencia a su marca.

El proyecto se desarrolló bajo un principio simple pero impactante: seleccionar un objeto cada día y aplicarle una capa de pintura blanca hasta que cualquier rastro de su identidad visual desapareciera. Lo que quedó fue la silueta pura de cada producto, una versión desprovista de todo lo que tradicionalmente se asocia con el branding. A pesar de esta transformación, muchos objetos seguían siendo inconfundibles para el público debido a su diseño ergonómico y su asociación con el uso cotidiano. Desde una lata de Coca-Cola hasta un bote de Pringles, pasando por un encendedor Bic y un frasco de Nutella, el experimento demostró que ciertos productos han trascendido su identidad gráfica para convertirse en verdaderos íconos de la cultura popular.

Brand Spirit no solo fue un ejercicio artístico, sino una exploración de la memoria visual y la percepción del consumidor.

En un entorno comercial donde las marcas invierten millones de dólares en estrategias de reconocimiento, la iniciativa de Miller puso en evidencia que el diseño industrial puede ser tan poderoso como la publicidad misma. Un producto bien diseñado se arraiga en la mente de los consumidores de tal manera que su forma es suficiente para ser identificado sin necesidad de una etiqueta, un color característico o un logotipo prominente. Esta observación plantea una reflexión profunda sobre el papel del diseño en la construcción de la identidad de marca y hasta qué punto ciertos productos han alcanzado un estatus simbólico que trasciende lo visual.

La recepción del proyecto fue ampliamente positiva dentro del ámbito del diseño y la comunicación, generando discusiones sobre el verdadero impacto del branding y el peso del diseño de producto en la fidelización del consumidor.

La clave de la forma icónica

La clave de una forma icónica radica en su capacidad para ser reconocida al instante, incluso cuando se eliminan todos los elementos gráficos y distintivos de la marca. Un diseño verdaderamente icónico trasciende colores, logotipos y tipografías, logrando comunicar su identidad únicamente a través de su silueta, proporciones y funcionalidad. Factores como la simplicidad, la ergonomía y la familiaridad desempeñan un papel crucial en este reconocimiento. Productos como la botella de Coca-Cola, el encendedor Bic o el frasco de Nutella han demostrado que una forma bien diseñada puede grabarse en la memoria colectiva y convertirse en un símbolo cultural.

El proyecto Brand Spirit de Andrew Miller es un claro ejemplo de cómo ciertos objetos mantienen su identidad visual intacta incluso cuando se despojan de cualquier referencia gráfica. Esto resalta el poder del diseño industrial en la construcción de una identidad de marca sólida, donde la forma en sí misma se convierte en un sello distintivo.

Las marcas de los productos icónicos suelen permanecer de forma duradera en la mente del consumidor debido a una combinación de diseño distintivo, experiencia de uso y asociación emocional. Cuando un producto logra consolidarse como un referente en su categoría, su identidad visual y funcionalidad se convierten en elementos inseparables de su percepción en el mercado.

El reconocimiento de estas marcas no depende únicamente de logotipos o colores, sino también de la forma y la interacción cotidiana con el producto. Ejemplos como la botella de Coca-Cola, el encendedor Bic o la lata de Pringles demuestran que ciertos diseños son tan memorables que pueden ser identificados incluso sin su identidad gráfica habitual. Esto es precisamente lo que exploró Andrew Miller en su proyecto Brand Spirit, donde evidenció que algunos productos mantienen su reconocimiento intacto aun cuando se despojan de todo elemento visual de marca. Este fenómeno refuerza la idea de que el diseño industrial y la coherencia en la experiencia de usuario son factores clave para la longevidad de una marca en la mente del consumidor.

Si bien el marketing sigue siendo una herramienta esencial para la diferenciación en un mercado saturado, Brand Spirit demostró que, en muchos casos, la forma y la funcionalidad pueden ser incluso más poderosas que cualquier campaña publicitaria. Esta iniciativa no solo reafirmó la importancia del diseño industrial, sino que también reveló cómo ciertos objetos han logrado inscribirse en la memoria colectiva sin necesidad de una identidad visual explícita. Con ello, Andrew Miller no solo desdibujó los límites entre el arte y el marketing, sino que también ofreció una nueva perspectiva sobre el poder de los productos icónicos en la cultura contemporánea.

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