
Lo que el fallecimiento de Isabel II enseña sobre la importancia de estar preparados para las crisis y su comunicación
Por Redacción - 12 Septiembre 2022
Uno de los grandes titulares de este fin de semana ha sido el fallecimiento de la reina británica, Isabel II. La monarca falleció en la tarde del pasado jueves, activando un protocolo medido al milímetro sobre qué se debe hacer y qué no y cuáles serán los siguientes pasos que seguir. Este plan – que se hizo rápidamente viral en Twitter durante ya la primera jornada: el plan Puente de Londres – ya había sido desvelado hace años por los medios – The Guardian publicó en 2017 un completo longform desgranándolo – y marcaba la hoja de ruta a seguir.
Aunque el fallecimiento de Isabel II es una noticia de alcance político, lo cierto es que lo que está ocurriendo en estos días puede ser analizado desde muchos y muy variados prismas. Las apariciones públicas de su heredero, el ya Carlos III, y de sus nietos son material para hacer análisis de todo tipo sobre lenguaje corporal y hasta puesta en escena, pasando por cómo se hacen los procesos de transmisión. Pero, además, la muerte de la monarca es también un ejemplo de comunicación de crisis y de cómo se debe gestionar el transmitir las noticias negativas.
En los últimos años, que el fallecimiento de Isabel II fuese a suceder, aunque suene un poco cruel, era algo que parecía predecible. La reina británica había nacido en los años 20 del siglo pasado y se acercaba ya a cumplir 100 años. Sin embargo, los planes sobre qué ocurriría en caso de su muerte no fueron cosa reciente: la administración británica lleva preparándose para ello desde los años 60, cuando Isabel II rondaba los 40 años.
Al fin y al cabo, nunca es demasiado pronto para prepararse para una crisis, porque pensar que las cosas pueden suceder en un futuro lejano solo lleva a no estar preparado para cuando ocurran. La preparación para las crisis implica no reaccionar a lo que pasa, sino ser proactivos a la hora de sentar las bases para responder a lo que pueda ocurrir incluso si nunca llega a hacerlo.
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